Primero los de las familias a las que os agradecemos que vinierais para poder disfrutar de un día tan bonito todos juntos.
Luego los de los niños que se llevaron con sus maletas el sonido del juego y parte de nuestro corazón.
Y con la marcha de los monitores, el silencio fue haciéndose sepulcral.
Las cosas vuelven a su lugar.
Las familias a sus casas. Los monitores a sus trabajos, vidas y circunstancias, que abandonaron fugazmente para crear un espacio mágico en estas dos semanas. Y las praderas de la finca a albergar a los animales y aves que fueron a buscar emplazamientos más tranquilos y sosegados.
Las colinas que eran reconocibles en la finca estaban antes de que nosotros llegáramos. Permanecieron para ofrecernos el paisaje que os pudo asombrar el domingo. Y continúan en su lugar mientras todos volvemos a hacer vida cotidiana en Tres Cantos.
Las colinas son símbolo de lo que permanece inalterable. Se nos ofrecen como recuerdo de que merece la pena aproximarnos a lo que no perece. A lo que no es circunstancial. Esas colinas contemplaron, hace siglos, sistemas feudales que ahora ya solo estudiamos en historia aunque para muchos fueran motivo por el que dar un vida. Observaron, asombradas, siglos después, enfrentamientos por ideologías que ahora ya sabemos que eran caducas, aunque en ese momento justificaran tanto derramamiento de sangre. Fueron cuna de líderes democráticos con los que parecía que la historia se acababa aunque ahora parezca que haya que reescribirla. Y las montañas, entretanto, simplemente, permanecían inalterables.
Las montañas, seguro han sonreído en estas semanas, porque entre el bullicio han reconocido cosas de las que "siempre han sido así": la sonrisa de los niños al jugar, la de satisfacción de los mayores al verlos crecer, el valor de la amistad, de la generosidad, de la entrega...
Nos despiden cuatro gotas de una despistada nube de bochorno. Quizá las lágrimas emocionadas de unas montañas que también desean acoger realidades que permanecen. El campamento lo hará, en nuestro corazón. El trabajo con los chicos retornará en septiembre cuando lejos de las montañas sigamos mostrando experiencias en la catequesis, en la parroquia, que aspiran a no ser efímeras.
Entretanto, cada vez que pasemos por la carretera de los pantanos, o por las cercanías de nuestras montañas cercanas, ojalá nos recuerden el valor de lo efímero y de lo perenne. De lo caduco y de lo eterno. Ojalá contemplándolas podamos relativizar el alcance de algunas cosas a las que llamamos problemas. Ojalá su vista nos remita a lo eterno, al amor de Dios.
(En el siguiente post os hablaremos de un castillo lleno de princesas. Y quizá uno último antes de que este cronista os deje centraros en lecturas más propias del verano).









